"Del mito al logos" (Vom Mythos zum Logos) es el título de una obra del filólogo alemán Wilhelm Nestle, escrita en el año 1940. Con esta expresión el autor quería significar la transición entre el pensamiento mágico y el racional. Sin embargo, en pleno siglo XXI, los terrenos del mito siguen siendo demasiado amplios, a costa del logos. Aun entendiendo que la frontera que las delimita no es una gruesa línea recta, sino un trazado sinuoso y sorprendente, conviene no confundir estas dos naciones. Es lo que trataremos de hacer aquí. Bienvenidos.

domingo, 24 de enero de 2010

Adversus homeopaticos (II)

En la página web de la asociación Círculo Escéptico hay una carta dirigida a la Organización Médica Colegial (OMC) de España. Se trata de una protesta por el reconocimiento por la OMC de la homeopatía como "acto médico". La carta está abierta a la firma de quien quiera, y personalmente animo a los lectores de este blog a que hagan suyos los contenidos de esta protesta.

Os transcribo el texto íntegro de la carta. Para firmarla y enviarla, pinchad en este vínculo.

A la Organización Médica Colegial

Carta enviada a la Organización Médica Colegial por el acuerdo adoptado en su Asamblea General de reconocer a la homeopatía como acto médico.
El pasado 17 de diciembre, el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos elaboró un comunicado mediante el cual informaba del acuerdo adoptado por la Asamblea General de la Organización Médica Colegial, en el sentido de reconocer el ejercicio de la homeopatía como acto médico, así como de una serie de consideraciones en las que se basaba la adopción de dicho acuerdo.

En su comunicado, la OMC hace mención a la creciente popularidad de la homeopatía y su carácter médico por precisar de un diagnóstico previo, una indicación terapéutica y una indicación de la misma, concluyendo que con arreglo a la legislación vigente deben ser realizados por un médico. Indica igualmente que el médico homeópata "está formado en Medicina Tradicional (sic) y Homeopatía", por lo que solo su diagnóstico "va a proporcionar al ciudadano la garantía necesaria de un correcto enfoque terapéutico".

Consideramos que la OMC se equivoca en sus argumentos. Un santero, un curandero o un "cirujano psíquico" también realizan diagnósticos e indicaciones terapéuticas y proceden a su aplicación, y no creemos que por ello la OMC vaya a considerar sus actividades como "actos médicos". Del mismo modo, un médico devoto de cualquier religión probablemente tenga en cuenta sus creencias a la hora de emitir un diagnóstico o poner en práctica una terapia, pero tampoco parece aceptable que la OMC incluya como "actos médicos" la realización de determinados ritos religiosos.

Lo que caracteriza realmente a una actividad como acto médico no es la personalidad, las creencias o la formación de quien la lleve a cabo, sino el hecho de que esté basada en la correcta aplicación de los principios, conocimientos y metodología de la medicina científica y basada en la evidencia. Y la homeopatía no cumple con estos requisitos. Aunque la OMC, citando al Instituto de Salud Carlos III, haga constar en su comunicado que persisten "grandes incertidumbres" respecto a la homeopatía, lo cierto es que la valoración que debe merecer esta pseudoterapia es mucho más negativa. En sus dos siglos de existencia, no ha podido acreditarse que su efectividad sea superior a la de cualquier otro placebo, y sus principios carecen de base real alguna o directamente contradicen conocimientos bien establecidos por disciplinas científicas como la física, la química, la biología o la propia medicina. Hoy por hoy resulta insostenible pretender equiparar en modo alguno a la homeopatía con la medicina científica, como muestra lo que está ocurriendo en diversos países de nuestro entorno. Así, por ejemplo, tras varios años de esfuerzos y cuantiosas inversiones, el National Center for Complementary and Alternative Medicine de EEUU reconoce que los estudios clínicos no proporcionan evidencias claras en favor de la homeopatía. Más significativo aún es lo que ha ocurrido en Gran Bretaña, donde la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes ha iniciado un proceso de evaluación de las evidencias científicas en favor de la homeopatía: abierto el correspondiente período de consultas públicas, la totalidad de las asociaciones científicas, médicas y farmacéuticas británicas han manifestado que no existe ninguna evidencia sólida que apoye la efectividad de esta terapia. Incluso el representante de la compañía Boots, la principal cadena de farmacias y parafarmacias de Gran Bretaña y el mayor vendedor de productos homeopáticos del país, ha reconocido ante el parlamento que no hay evidencias que avalen la eficacia de los mismos.

En este sentido, estamos plenamente de acuerdo con la declaración de la OMC en el sentido de que la homeopatía "deberá demostrar, científicamente, su efectividad y eficiencia a través de la realización de los estudios pertinentes, elaborados con el suficiente rigor y la adecuada metodología". Sin embargo, la declaración de la homeopatía como acto médico contradice estas buenas intenciones al realizarse antes de que se produzca dicha acreditación de efectividad. Con su comunicado, la OMC parece dar respaldo pleno a la homeopatía, máxime teniendo en cuenta que así es como lo han entendido y divulgado los medios de comunicación, que por regla general no han mencionado siquiera esta cautela.

Por último, el comunicado hace constar que la homeopatía debe estar sometida a los mismos criterios éticos que cualquier otra actividad médica. En este sentido nos permitimos recordar que la homeopatía se basa en principios abiertamente pseudocientíficos, tales como su concepción de la enfermedad como un "desequilibrio" de una imaginaria "fuerza vital", una "ley de los similares" basada en semejanzas superficiales y a menudo hasta ridículas, y un principio de supuesta potenciación mediante la dilución y "sucusión" que contradice abiertamente postulados básicos de la química, la física o la biología. Con arreglo a los resultados de los ensayos clínicos más rigurosos, la efectividad de la homeopatía es similar a la de cualquier otro placebo, y por otra parte los supuestos "medicamentos" homeopáticos suelen contener cantidades infinitesimales de principios activos o, con mayor frecuencia, ni una sola molécula de los mismos. Por todo ello entendemos que en todo caso sería de aplicación lo establecido en el apartado 1 del artículo 22 del Código Deontológico, que establece que

"No son éticas las prácticas inspiradas en el charlatanismo, las carentes de base científica y las que prometen a los enfermos curaciones; los procedimientos ilusorios o insuficientemente probados que se proponen como eficaces; la simulación de tratamientos médicos o intervenciones quirúrgicas; y el uso de productos de composición no conocida..."

Por otra parte, recordemos que el artículo 18 del Código establece que el médico "se compromete a emplear los recursos de la ciencia médica de manera adecuada a su paciente, según el arte médico, los conocimientos científicos vigentes y las posibilidades a su alcance", y el 21.1 insiste en que el ejercicio de la medicina está basado en el conocimiento científico, por lo que malamente se puede justificar como acto médico el ejercicio de una supuesta terapia que carece de fundamentos científicos reales, y cuya efectividad, conforme a los conocimientos científicos vigentes, es sencillamente nula.

Por todo ello, consideramos que la OMC debe hacer una declaración pública una declaración clara e inequívoca que muestre su postura, adhiriéndose a los postulados de la medicina científica y basada en la evidencia, y distanciándose de prácticas que en modo alguno se diferencian del simple curanderismo y la charlatanería. El derecho de los ciudadanos a una atención médica correcta y basada en criterios científicos implica la necesidad de que conozcan qué prácticas tienen respaldo científico suficiente y cuáles carecen del mismo, y la función de la OMC debe ser proporcionar esta información, en lugar de dar su respaldo, explícito o implícito, a terapias puramente ilusorias e inefectivas.

jueves, 7 de enero de 2010

"La razón estrangulada" o la imposibilidad de encontrarse bailando con lobos

Estoy leyendo un libro muy interesante, La razón estrangulada, de Carlos Elías. Sobre este libro he hecho ya algún comentario en una entrada anterior de este blog. Todavía no puedo hacer una valoración completa de este texto, aunque los capítulos que llevo leídos -la mayoría de los que hay en el libro- ya dan para mucho.

Antes de nada, no sé si en los ámbitos académicos este libro ha tenido algún tipo de recepción . Creo que en los medios de comunicación no ha causado mucho impacto, a excepción de una entrevista a Elías en Público, que ya mencioné en la otra entrada, y eso pese a que el autor de este texto reparte estopa de la buena a las enseñanzas de periodismo y comunicación audiovisual. Por mi parte, creo que este es un libro importante, y que algunas de las cuestiones que plantea merecerían una discusión en profundidad. Si nuestro páis fuese otro -por ejemplo, Francia o Estados Unidos-, la publicación de esta obra habría agitado los demonios en muchas facultades y departamentos de sociología y periodismo. Y ya se sabe que los demonios académicos suelen ser la expresión más depurada de los odios ancestrales de la tribu. Habría sido interesante, aunque no sé si muy instructivo, asistir a la reedición de una especie de caso Sokal a la española.

Sin embargo, la inercia reactiva entre la intelligentsia de nuestro país (si es que existe tal cosa) ha diluido el posible impacto de La razón estrangulada en un mar de desprecio y, seguramente, de pereza. Y eso pese a que los aludidos en el libro de Elías están perfectamente señalados: los profesores y estudiosos de las ciencias sociales, de las ciencias de la información y de la filosofía de la ciencia. Pero hubiese sido mucho esperar, por lo visto, abrir en España un debate de características similares al que desató en Francia el famoso escándalo Sokal.

Dicho esto, y recordando que sólo he leido una parte del libro -y que, por tanto, mi valoración es aún incompleta- creo que este texto tiene partes muy acertadas y otras que son cuando menos discutibles, si no es que disparatadas.

Me explico brevemente: el planteamiento de Elías sobre la responsabilidad mediática en el declive de la ciencia -o más bien, en el descenso de las matriculaciones en las carreras de ciencias puras- es muy, pero que muy interesante. La forma en que el autor relaciona la escasa formación científica de los profesores de periodismo y comunicación audiovisual con la pobre visión que se da de la ciencia en televisión y cine me parece digna de consideración. La presentación de los contenidos de estas carreras y su problemática adscripción a los estudios superiores universitarios -en comparación con los estudios de ciencias puras, por ejemplo- ofrece puntos de reflexión de gran importancia: ¿es realmente lógico que periodismo y comunicación audiovisual tengan el estatus de carreras universitarias? ¿supone una depreciación del valor de las carreras de ciencias puras el hecho de que muchas universidades implementen estudios de comunicación audiovisual con el mismo nivel de titulación y mucha mayor facilidad de estudio?

Dicho esto, tengo sin embargo serios reparos con algunas de las afirmaciones y tesis de Carlos Elías. Creo que su presentación de la filosofía de la ciencia -en especial de las figuras de Popper, Lakatos, Kuhn y Feyerabend- es, cuando menos, estrambótica. Elías viene a afirmar que Popper y Lakatos son dos de los adalides intelectuales del irracionalismo. ¿Popper y Lakatos, precisamente? ¿Hablamos de Karl Popper, el impulsor del racionalismo crítico? ¿O de Imre Lakatos, fustigador de todo pensamiento pseudocientífico (en el que, por cierto, incluía a la Iglesia Católica y al marxismo)? Posiblemente el propio Kuhn tampoco se creería lo que este libro dice de él. Creo que Elías no ha terminado de entender la noción de paradigma kuhniano, y lo que presenta es sólo una caricatura. Me da la impresión de que el autor de este libro endosa a Kuhn tesis más propias de la sociología radical del conocimiento científico (Collins y Pinch, Latour y Woolgar, incluso Barnes y Bloor) sin haber contrastado lo que aquél dice realmente.

Ajudicar a los cuatro filósofos citados la responsabilidad del declive de la ciencia -al menos en España y Reino Unido, si he entendido bien a Elías- es, me parece, un despropósito. ¡Ojalá los filósofos de la ciencia tuvieran tanta influencia en las tendencias sociológicas! Así, al menos, sabríamos qué utilidad puede tener la filosofía (una pregunta recurrente para quienes hemos estudiado esta licenciatura, me temo). Esta tesis se convierte en esperpento cuando Elías llega a afirmar que el auge del creacionismo y del diseño inteligente (dos tendencias, por cierto, con planeamientos bastante distintos, pero que el autor del libro mezcla de forma poco rigurosa) en Estados Unidos es responsabilidad indirecta de las enseñanzas de estos cuatro filósofos, a través de su influencia en las facultades de ciencias sociales de las universidades estadounidenses, muy receptivas también a los intelectuales franceses posmodernos. Esto es tanto como afirmar que en el cinturón de la Biblia estuviesen todo el día leyendo a Deleuze o entregándose a talleres de hermenéutica sobre Virilio o Lyotard

Además, Elías sienta conclusiones demasiado generales basándose sólo en dos casos que parece conocer bien: los de Reino Unido y España, que sitúa como ejemplos de la cultura 'anglosajona' y 'latina', respectivamente. Y mi pregunta es: ¿las aportaciones de países como Francia o Alemania no son dignas de tenerse en cuenta en esta discusión? ¿Realmente el modelo español de ciencia y tecnología es representativo del existente en países 'latinos' como Francia? ¿Y la aportaciones alemanas a la institucionalización de los estudios científicos y a la propia producción de conocimiento científico? ¿Son equiparables al modelo anglosajón o al latino? ¿o tiene perfiles propios?

Por último, el propio Elías padece en ocasiones un fuerte síndrome de maniqueísmo cuando afirma -y no lo hace sólo una o dos veces en el libro- que "los de letras odian a los de ciencias". Elías se pregunta, y parece en verdad muy preocupado, de dónde proviene este odio y admite como respuesta la existencia de ciertos complejos intelectuales entre la gente de letras, complejos que se transmutan en envidia -y odio- hacia las personas con formación científica. Pero aún hay más, y nuestro autor no descarta incluso la existencia de diferencias neurofisiológicas en el funcionamiento cerebral de unos y otros. A lo largo del texto se trasluce un desprecio mal contenido -al menos esta es mi impresión, que creo bien asentada- hacia las carreras no científicas (sociales, jurídicas y de humanidades), un desprecio que no parece coherente en una persona que, como Carlos Elías, es profesor de Periodismo (aunque con formación de químico) en la Universidad Carlos III de Madrid. ¿Bailando entre lobos?


Afirmaciones de trazo grueso como las anteriores no deberían, de todos modos, ser coartada para evitar hablar de lo que Elías pone sobre la mesa. Tampoco es justificación para obviar la falta de nervio de nuestros intelectuales y académicos a la hora de impulsar una discusión a tumba abierta sobre la calidad de los estudios impartidos en ciertas licenciaturas y sobre el descenso alarmante de las matriculaciones en las disciplinas de ciencias puras, tal y como se pone de manifiesto en el Informe COTEC 2009 (página 42, gráfico 31).

Quizás por esa falta de nervio Elías puede no sentirse muy incómodo trabajando en una Facultad, la de Ciencias de la Información, de la que cuestiona desde la calidad de los contenidos que en ella se imparten hasta su propio estatus como institución de educación superior. ¿Bailando con bobos?

En cualquier caso, sine ira et studio, el libro La razón estrangulada me parece una lectura recomendable. Elías plantea de forma polémica, pero valiente (y quizás temeraria) cuestiones de fondo sobre las enseñanzas universitarias, y estas cuestiones merecen ser discutidas en profundidad. No sé si este autor conseguirá agitar el avispero académico, pero confieso que me gustaría mucho que lo lograra.

Y que baile, de una vez, entre lobos.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Musarañas filosóficas (II): la ciencia y el elefante

En uno de los foros en los que participo habitualmente se ha planteado la cuestión de qué es la ciencia. Nada más y nada menos. Creo que ni yo ni nadie sabría definir con precisión qué es lo que entendemos por "ciencia". La palabra procede del latín Scientia, que significa literalmente "conocimiento". Me temo, sin embargo, que la etimología aporta bien poco a la pretensión de establecer un significado preciso e inequívoco para esta noción tan escurridiza.

Hay una cosa, no obstante, que tengo clara: el método científico no supone una forma de racionalidad superior o distinta de la racionalidad cotidiana, la que utilizamos todos los días y que nos permite realizar pequeñas deducciones, predicciones rutinarias y explicaciones 'locales' sobre asuntos que nos afectan directamente. Si acaso, el método científico es un afinamiento, un perfeccionamiento de esa capacidad de razonamiento que todos tenemos. Tan científico es, por ejemplo, realizar una electroforesis con muestras de proteínas sometidas a distintas condiciones de acidez - a ver qué pasa- como mojar una cerilla en una serie de líquidos (por ejemplo agua, gasolina o aceite) y luego tratar de encenderla, para ver también qué pasa. En el primer caso, los instrumentos y dispositivos de medición serán más sofisticados, más precisos que en el ejemplo de la cerilla. Pero el esquema procesual es el mismo.

Si asumimos que el método científico no es algo esotérico, sino una aplicación sistemática y coherente de una forma cotidiana de razonamiento, entonces creo que podemos afirmar que el conocimiento científico -obtenible a través del método- no es tampoco nada esotérico, a diferencia, tal vez, de esas iluminaciones yóguicas con las que a veces tiende a compararse el saber de la ciencia. También me parece evidente que el conocimiento científico es comunicable y, por tanto, público, cosa que no me atrevería a asegurar de la experiencia interior de un místico, o de un enamorado, tanto da. Por otra parte, toda forma de conocimiento -no voy a discutir ahora si sólo existe una forma de conocimiento o existen varias- tiende a exteriorizar su objeto de estudio; es decir, el sujeto cognoscente 'aleja de sí' el ente que quiere estudiar, lo objetiviza (en mayor o menor medida y con distinto grado de fortuna). Por tanto, el conocimiento cientifico es un conocimiento objetivista u objetivizador.

Racional, no esotérico, comunicable, objetivista. ¿Qué más podríamos decir de esta epistemé? Parece claro que este tipo de conocimiento pretende explicar cosas acerca de su objeto de estudio; es por ello un conocimiento explicativo, a diferencia -me atrevería a decir- del conocimiento que podríamos llamar intuitivo, que funciona más bien a golpe de 'desocultamiento' (como diría Heidegger). Y se trata de una explicación construida -a diferencia también del conocimiento 'dado' en una revelación, por ejemplo- desde nuestros recursos lingüísticos, conceptuales y cognitivos, recursos que aplicamos bajo el imperativo de una racionalidad de sentido común a una entidad objetivada que forma parte de una realidad exterior: por tanto, es un conocimiento proyectado ontológicamente hacia afuera -doy por sentado que el solipsismo o el idealismo extremo no constituyen buenas premisas para abordar el tema que estamos tratando.

Racional, no esotérico, comunicable, objetivista, explicativo, construido, proyectado. ¿Alguna característica más que nos permita acotar una definición de conocimiento científico? Supongo que podemos encontrar muchas más: en mayor o menor medida, todo conocimiento científico aspira a ser predictor y, por esta razón, verificable (grosso modo, pues no pretendo entrar ahora en un debate sobre el falsacionismo de Popper). Este carácter predictor y verificable es mucho más patente en las ciencias naturales, pero creo que también está presente -siquiera como desiderátum- en las ciencias sociales (economía, sociología, psicología) e incluso en algunas humanidades (filología e historia, por ejemplo).

Racional, no esotérico, comunicable, objetivista, explicativo, construido, proyectado, predictor, verificable. Creo que podríamos añadirle otro adjetivo: el conocimiento científico es una aproximación epistémica manipuladora de la realidad. Decía Bacon que la ciencia debía 'retorcer la cola al león', es decir, debía fabricar fenómenos naturales como base para la obtención de datos; hoy en día estos retorcimientos se conocen como experimentos. De modo que el conocimiento científico debe ser, también, experimental.

Esta es una aserción problemática, incluso polémica: ¿dónde quedan entonces las ciencias sociales? ¿Pueden los economistas o los sociólogos realizar experimentos more physica? ¿Pueden los historiadores soñar con algo parecido? O, ya en el campo de las propias ciencias naturales, ¿pueden hacer algo por el estilo los paleontólogos, por ejemplo? Dejo la pregunta en el aire. Me parece que es un interesante tema de discusión. ¿Añade la capacidad experimental un 'plus' de cientificidad a un área de conocimiento? ¿o no?

Así, racional, no esotérico, comunicable, objetivista, explicativo, construido, proyectado, predictor, verificable, ¿experimental? Creo que con estos adjetivos -y otros que sin duda faltan aquí, no he pretendido dar una caracterización extensiva- podemos acercarnos tímidamente hacia una definición plausible de "ciencia", como en aquella historia de los cuatro ciegos que no podían ver qué aspecto tenía un elefante, pero que podían hacerse una idea de cómo era tocándole la trompa. las patas, el rabo, los colmillos o las orejas.

Quizás la ciencia sea como ese elefante; imposible de abarcar conceptualmente en su totalidad, pero perfilable, en sus trazos más gruesos, a partir de brochazos sueltos. Como en un collage.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Musarañas filosóficas (I): la religión como adaptación para la ciencia

Un breve comentario sobre dos artículos aparecidos en la página web Tendencias 21. Son textos que tratan un mismo tema, la relación entre la ciencia (la biología en este caso) y la religión, aunque desde distintos puntos de vista.

El primero, Seis razones impiden la reconciliación entre evolución y religión, viene a decir que un importante porcentaje de la población estadounidense es remisa a aceptar la teoría de la evolución biológica porque entiende que socava sus creencias religiosas -basadas normalmente en el literalismo bíblico- y porque supone que la aceptación de la evolución va en contra de la dignidad moral y ontológica del ser humano y atenta contra los principios inspiradores del sistema social y político establecido.

El segundo, El ser humano sigue siendo una criatura religiosa, contempla la religión como un mecanismo evolutivo con evidentes ventajas adaptativas en la supervivencia de los grupos de Homo sapiens, al introducir un factor de orden y cooperación que favorecería la estabilidad biológica y reproductiva de nuestra especie: moralidad y buen gobierno, por tanto, como resultados palpables del adaptacionismo religioso. Este artículo también se pregunta por el actual sentido adaptativo de la religión y sugiere la necesidad de una transformación de la religiosidad más acorde con los tiempos actuales.

Imaginemos la situación: la evolución biológica da lugar al surgimiento de un primate muy evolucionado, Homo sapiens, que entre otras estrategias adaptativas genera un sistema de creencias sobrenaturales -que podemos compendiar como 'religión' y que, en cierto modo, supone una negación consciente de su propia condición material (perdón por el tono marxiano de esta disquisición).

Al mismo tiempo, o un poco antes, o un poco después, o de forma entrelazada, Homo sapiens genera, también por presiones adaptativas, un método de pensamiento consistente en la observación, la inducción y la deducción, algo que podríamos llamar 'ciencia', para abreviar; este modo de ver el mundo, a diferencia del anterior, no supone negación alguna de lo material circundante. Más bien al contrario.

Se trata de dos dispositivos evolutivos surgidos de un mismo proceso -la hominización- para atender importantes necesidades de adaptación al entorno. Sin embargo, son estrategias esencialmente antitéticas, aunque funcionalmente complementarias. La una (religión) se mueve en el campo de lo motivacional, aunque posee una estructura explicativa; la otra (ciencia) se desplaza por el campo de lo explicativo, aunque, desde luego, no carece de un componente motivacional.

Pero la religión resulta ser una estrategia confusa: en cuanto su poder explicativo va mermando, por acción justamente de la otra estrategia adaptativa, la ciencia, va perdiendo también su fuerte poder motivacional. Por su lado, el imperialismo explicativo de la ciencia es cada vez mayor, sin que su componente motivacional se vea por ello particularmente alterado. Y, al cabo del tiempo, se llega a la curiosa situación de que la religión, antaño gran explicadora de todo, resulta ser ella misma explicada por la otra potencia evolutiva, la ciencia, sin que esta última acierte a sustituir a la primera en el plano de las motivaciones.

Sin embargo, las condiciones ambientales de Homo han cambiado. La ciencia sigue ejerciendo de estrategia adaptativa de supervivencia -en mayor o menor grado, y de forma a veces autocontradictoria. Y entretanto, la religión va asumiendo un nuevo papel, y se va dotando de una nueva funcionalidad; es ésta la de adaptar su estructura explicativa y práctica al nuevo entorno creado, precisamente, por la ciencia. La religión se desarrolla como una estrategia adaptativa de nuevo cuño y con una nueva finalidad: la de ocupar los nichos ecológicos marginales y los microhábitats periféricos del ecosistema científico. Es decir: la religión es ahora un mecanismo adaptativo que cobra sentido sólo por la existencia de la ciencia.

O sea, que la religión es una adaptación para la ciencia, una adaptación científica, una metaadaptación.

¿No es todo esto un poco raro?

domingo, 29 de noviembre de 2009

Mami, ¿qué será lo que tiene el negro?: Intereconomía y el SIDA en África

¿Qué sería de nosotros sin los noticiarios de Intereconomía? La cadena del morlaco nos ha querido obsequiar con una muestra del más fino y sutil humor que imaginar quepa. En el vídeo que aparece en esta entrada se enumeran las razones que, según esta cadena de televisión, explican la poca eficacia de los preservativos en la lucha contra el SIDA en África.

En resumen, según Intereconomía, tres son las causas principales de la inutilidad del uso de la gomita a la hora de prevenir esta fatal infección: las lamentables condiciones climatológicas del continente africano -en el que predominan los ambientes húmedos y calurosos, en detrimento de las condiciones de conservación de los condones, que requieren lugares frescos y secos-, las lamentables condiciones de alfabetización de la gran mayoría de los africanos -lo que les impide leer las instrucciones de uso del adminículo de látex y derivados- y las lamentables condiciones de la manicura en los países africanos -lo que impide a sus gentes la correcta manipulación del profiláctico sin riesgo de desgarros.

Todo esto lo dicen en serio, completamente en serio. Y ante este deslumbrante análisis, me gustaría proponer algunas medidas que sin duda resultarán de utilidad:

Organizar el envío masivo de neveras, frigoríficos y desecadores industriales para lograr unas buenas condiciones de mantenimiento de los profilácticos de marras. A cambio, unas cuantas toneladas de mineral de coltán congoleño y ruandés, que tampoco tenemos por qué regalar nada a los negros del África tropical.

Habilitar a varios miles de monitores y monitoras para que expliquen a los africanos los rudimentos de la técnica de la cópula con goma y organicen grupos de prácticas. A estas alturas no les vamos a enseñar a leer, que eso no les vale para correr detrás de las liebres y los antílopes; unas buenas prácticas coitales -con evaluación final, por supuesto- son mucho más divertidas. A cambio, acceso libre a las pesquerías de Angola y Namibia, poco precio para lo bien que se lo van a pasar fornicando todo el día.

Por último, enviar un pequeño ejército de esteticistas para que, de una vez por todas, los africanos tengan las uñas que se merecen en las manos y los pies y no anden rajando condones sin descanso. Como prestación extra, nuestros negritos podrán elegir el color del esmalte. Además, a quienes rompan menos gomas con las uñas se les obsequiará con una muestra de champú, gel y perfume. ¿Con qué nos pueden pagar esta vez? Tal vez con una brigada de nigerianas jóvenes y guapas, para que nuestros puteros disfruten de un merecido solaz después de la jornada laboral.

En fin, no voy a perder el tiempo tratando de comentar lo incomentable. Dejo la respuesta en manos más competentes que las mías: ONUSIDA/UNAIDS, el programa de Naciones Unidas encargado de la lucha contra el SIDA, que resume la eficacia del preservativo en este artículo, y la revista The Lancet, que en este editorial comenta unas desafortunadas declaraciones de Benedicto XVI el pasado mes de marzo en relación con este mismo tema.


La inestable identidad del embrión humano en la lógica de proposiciones



En un artículo publicado en El País y titulado Derecho a la vida y obligación de protegerlo, la presidenta del Parlamento Vasco, Arantza Quiroga desarrolla un interesante argumentario en apoyo de su postura, contraria al proyecto de ley de ampliación de los supuestos del aborto (e imagino que contraria al aborto en cualquier supuesto). Quiroga elige tres núcleos de argumentación para sostener su postura: la religión, la ley y la biología.

Su argumento religioso se limita a desautorizar una referencia de José Bono, presidente del Congreso de los Diputados, a la encíclica Evangelium Vitae y realmente no aporta gran cosa a la discusión general, por lo que carece de interés. Sin embargo, en el resto de su artículo, Arantza Quiroga entremezcla los razonamientos legales y biológicos e incurre en ciertas contradicciones o, al menos, en ciertos vicios discursivos. En la parte de la discusión legal apela a la protección de la vida humana como obligación política y jurídica, dando a entender con toda claridad que el embrión posee ya todos los atributos de lo que cabe entender como 'vida humana' -"¿Es acaso esa vida menos digna por encontrarse en un periodo más temprano de desarrollo?", se pregunta Quiroga, que parece no entender que tal vida no se encuentra en fase alguna de desarrollo, sino que es la vida misma la que va creándose durante ese mismo desarrollo. Se trata de una confusión, nada extraña por otro lado, entre estado y proceso; en nuestro caso, la vida no es un estado previo que va desarrollándose, sino un proceso que existe en tanto en cuanto va ocurriendo.

Pero no es este el motivo de mi crítica argumentativa al artículo en cuestión. Porque si, como hemos visto, en su razonamiento legal la autora parte de una afirmación de principio (la vida del embrión es plenamente humana) como apoyo para sus tesis, en la parte de la discusión biológica introduce esta afirmación como algo que justamente debe demostrarse científicamente, y en tanto no sea así, debe aplicarse el famoso principio de in dubio pro reo.

Carezco de conocimientos jurídicos, pero me pregunto si la ley puede proteger un bien del que no se sabe con seguridad si existe o no. Los ejemplos que cita el artículo como aplicación del principio in dubio pro reo -la libertad, el bienestar laboral y la conservación del medio ambiente- son bienes que sin duda existen, algo que no queda claro en el caso de la vida humana -en la total acepción de este término- en un embrión de hasta 14 semanas (el plazo establecido por el proyecto de ley antedicho).

En cualquier caso, no me interesa tanto destacar los aspectos legales de este asunto -sobre los que bien poco puedo opinar- cuanto poner en evidencia cierta inconsistencia argumentativa y discursiva en la reflexión escrita de la señora Quiroga. Veámoslo.

Simplificando, Arantza Quiroga sostiene su razonamiento legal en una tesis que da por demostrada para, a continuación, afirmar que dicha tesis no está demostrada y que, mientras no se demuestre, debe aplicarse el razonamiento legal del principio. O, más o menos así: "está demostrado que el embrión posee una vida plenamente humana y la ley debe protegerla; pero como no está científicamente establecido que el embrión tenga una vida plenamente humana, la ley deberá igualmente protegerla por si acaso". Resumiendo aún más: "si está demostrado y no está demostrado que el embrión tiene una vida plenamente humana, entonces la ley debe protegerla".

O, en formulación algo más técnica:

[Si A (está demostrado que el embrión posee plenamente la vida humana), entonces B (la ley debe proteger al embrión). Es así que A, luego B].

Hasta aquí, todo bien (se trata de un razonamiento típico conocido como modus ponens, o afirmación del antecedente). Y, a continuación, utilizando esta misma figura lógica:

[Si no-A (no está demostrado que el embrión posea plenamente la vida humana), entonces B (la ley debe proteger al embrión). Es así que no-A, luego B].

En definitiva,  si [A y no-A], entonces B.

En lógica se suele decir que de una contradicción puede inferirse cualquier cosa, de modo que B podría ser, en efecto "la ley debe proteger al embrión", pero también podría ser "la ley no debe proteger al embrión" o "la ley debe condenar a pena de muerte a todos los calvos que se peinen con cortinilla", o "la ley no debe condenar a pena de muerte a todos los calvos que se peinen con cortinilla", o incluso "la ley debe condenar a pena de muerte a todos los calvos que no se peinen con cortinilla". Y así hasta el infinito.

Quod erat demonstrandum.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La ciencia en España (no hay dos sin tres): la insoportable levedad de las ciencias experimentales

Algo más sobre la ciencia en España. Si nos atenemos a los datos de la IV Encuesta Nacional de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología, elaborada en 2008 por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), ‘sólo’ un 31,7 % de la población española no manifiesta ningún interés por la ciencia, en comparación con el 36,6 % que declaraba esa falta de interés en 2006. Esto quiere decir que, de una u otra forma, el 68,3 % de los españoles tiene una actitud inicialmente positiva ante la ciencia. Si buscamos los instrumentos a través de los cuales nuestros compatriotas se informan sobre noticias científicas, encontramos que el 82,3 % lo hace a través de la televisión y el 32,9 % por la prenda diaria de pago, en contraste con un escaso 10,6 % que utiliza los libros y un aún menor porcentaje del 1,8% que echa mano de revistas especializadas. En esta misma encuesta se observa, sin embargo, que un porcentaje muy alto de los encuestados considera que la televisión y la prensa diaria de pago ofrecen una información insuficiente sobre ciencia, aunque esta valoración para los libros y las revistas especializadas es notablemente mejor.

Por otro lado, como puede apreciarse en el Informe COTEC 2009, (página 42, gráfico 31), en el curso 2006-2007 la distribución de alumnos universitarios por disciplinas académicas en España era la siguiente: ciencias sociales y jurídicas (49,2 %), especialidades técnicas (26,0 %), humanidades (9,3 %), ciencias de la salud (8,9 %) y ciencias experimentales (6,5 %). Estos porcentajes se han mantenido casi idénticos desde el curso 2000-2001. Parece así que en nuestro país existe un interés genérico positivo por la ciencia y la tecnología, que sin embargo no encuentra una formulación práctica: nos informamos sobre las noticias científicas a través de medios que no nos merecen confianza y tendemos a valorar profesionalmente las carreras ‘de letras’ en un sentido amplio (en casi un 60 %) y las enseñanzas técnicas de supuesta aplicación práctica (casi un 35 %) por encima de las ciencias experimentales o ‘puras’ (reducidas a un 6,5 %). Y arrastramos estas tendencia desde hace años. De alguna manera, el “que inventen ellos” sigue vigente entre nosotros.

Por esta razón, creo que hay cierta base para las afirmaciones de Carlos Elías en esta entrevista publicada el año pasado. Elías, autor del libro La razón estrangulada, denuncia el alarmante descenso de vocaciones para las llamadas 'ciencias puras' y relaciona polémicamente este hecho con el predominio de una mentalidad 'de letras' en nuestros gobernantes. Constata este autor el escaso número de vocaciones científicas en las carreras universitarias (si excluimos de esta categoría a los estudiantes de ingeniería y a los postulantes a profesionales de la salud) en contraste con el elevado porcentaje de matriculaciones académicas en disciplinas jurídicas y sociales (derecho, sociología, ciencias políticas, economía, periodismo).


Las tesis de este profesor - químico de formación y actualmente profesor universitario de ciencias de la información- no dejan de ser chocantes con las de quienes se lamentan de continuo por el retroceso de las matriculaciones en 'letras puras' a causa de la presión de un mercado laboral cada vez más especializado en una sociedad altamente tecnificada. Y pese a todo, el porcentaje de alumnos matriculados en estas disciplinas es algo superior -recordemos, un 9,3 %- al de matriculaciones en el conjunto de ciencias experimentales, que es de un 6,5 %.

Las humanidades comparten con las ciencias experimentales su carácter de saberes sin una aplicación práctica inmediata, más allá de las consabidas salidas de las enseñanzas medias, las oposiciones y el calvario del circuito de investigación académica. De modo que lo que parece primar en España no es exactamente una ‘sociedad del conocimiento’, sino más bien una ‘sociedad de la aplicación práctica lucrativa del conocimiento’, No se trata sólo de que España sea un país ‘de letras’: se trata más bien de que la estructura académica de nuestro país no hace sino reflejar nuestra propia estructura social, con sus prioridades, sus preferencias, sus indiferencias y sus desprecios.

Hasta aquí, nada nuevo. Más interesantes me parecen las reflexiones del profesor Elías sobre el papel trivializador que en muchas ocasiones ejercen los medios de comunicación al tratar noticias científicas y sobre la imagen, un tanto esperpéntica, que aquéllos dibujan al representar a científicos o personas con inquietudes científicas. El caso del Fidel de ‘Aída’ es un ejemplo; otro, que yo apunto, el del científico loco representado por Flipy en ‘El hormiguero’. También creo dignas de consideración sus afirmaciones en relación con los sistemas de medición de la excelencia científica, computable tan sólo por el número de publicaciones en revistas especializadas y no por la calidad de sus contenidos. Pero esto afecta por igual a ciencias y a letras, al igual que los vicios estructurales presentes en la universidad española, y no veo hasta qué punto haya de ser esto imputable únicamente a la mentalidad ‘letrista’ de los responsables políticos de la educación en nuestro país.

Por otro lado, “publica o perece” es un mantra de supervivencia casi universal en la jungla de la producción científica, y no sólo en España, por lo que no parece ser una causa particular de nuestro atraso científico. En definitiva, creo que Elías acierta en general con el diagnóstico y con algunas de las causas, pero tal vez no haya tenido en cuenta la dependencia que el armazón académico español muestra respecto de nuestra propia estructura social, aunque esto no es, desde luego, una justificación: un sistema eficiente de ciencia y tecnología debe ir siempre dos pasos por delante de su entorno social, político y económico. Y en España este no es, me temo, el caso.

lunes, 16 de noviembre de 2009

La ciencia en España (reloaded): mi ciencia es más grande que la tuya. ¿Importa el tamaño en una ciencia madura?

Miguel Ángel Quintanilla, en este editorial del diario 'Público', ha identificado cuatro características que el sistema científico español debería tener para alcanzar su plena madurez. Estas características serían las siguientes: grandes dimensiones, autogobierno organizativo, estabilidad presupuestaria e implicación y participación social. No deja de ser interesante el perfil que, según Quintanilla, debe tener una ciencia para que pueda catalogarse como madura. Creo sin embargo que esta caracterización contiene elementos contradictorios.

Me explico: la alusión a una ciencia "a lo grande" es deudora de la constatación de una tendencia al gigantismo en la actividad científica desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Este sobredimensionamiento ha atravesado desde entonces, grosso modo, dos fases, tal y como señala Javier Echeverría en su interesante libro La revolución tecnocientífica (Fondo de Cultura Económica, 2003). Una primera fase es la llamada 'Macrociencia' (Big Science en inglés), caracterizada por la enorme aportación financiera y la estrecha regulación organizativa por parte de los estados nacionales (especialmente Estados Unidos) y por la persecución de fines no necesariamente económicos: un ejemplo lo tenemos en el archiconocido 'proyecto Manhattan', aunque también pueden mencionarse los proyectos de construcción del radar o de los grandes aceleradores de partículas. Una segunda fase es la conocida como 'Tecnociencia', y supone un cambio de tendencia con respecto a la fase anterior: ahora la financiación corre en lo fundamental a cargo de grandes corporaciones empresariales privadas y los fines perseguidos son principal, aunque no únicamente, de índole económica. Tenemos como ejemplos las ciclópeas investigaciones sobre el genoma y la genética molecular, los proyectos de producción y comercialización de fármacos o los desarrollos informáticos.

Aunque no pretendo extenderme sobre este particular -en este artículo del propio Echeverría se resumen de una forma clara los contenidos de su libro- me gustaría llamar la atención sobre el contraste evidente entre la aspiración de Quintanilla a una ciencia de grandes dimensiones y la pretensión simultánea de autogobierno organizativo por parte de la propia ciencia. Son, me parece, dos términos antitéticos: una ciencia de escala con autonomía funcional y estructural no deja de ser, me temo, un simple oxímoron. Echeverría ilustra muy bien este punto al mencionar, en su libro, la pluralidad de valores que informan la praxis investigadora en la Big Science y en la Tecnociencia: valores epistémicos, económicos, militares, jurídicos, sociales y otros más. Y todos estos sistemas de valores no son más que los mascarones de proa de otros tantos sistemas de intereses, que entretejen una red de funcionamiento en la que los científicos, su praxis, metodología y fines epistémicos sólo son una de las piezas del inmenso engranaje de la producción de ciencia. Cabría decir, en este contexto, que 'la ciencia es algo demasiado serio como para dejarla en manos de los científicos'.



Por otro lado, el cuarto desiderátum -el de la participación e implicación social de la ciencia como condición de una ciencia madura- no deja de ser también contradictorio con los dos primeros postulados, el del sobredimensionamiento y el de la autoorganización. ¿Puede la tecnociencia, dadas sus características, aspirar a una interacción con el cuerpo social con efectos retroalimentativos sin perder su propia naturaleza (financiación privada, intereses particulares, secretismo metodológico, búsqueda de beneficios económicos)? Al mismo tiempo, ¿puede una ciencia autoorganizada y con plena autonomía funcional mostrarse permeable a las inquietudes, sugerencias y críticas procedentes del ágora (y no me refiero al mundo político o institucional, sino al más genuino mundo de los agentes y factores sociales que operan 'a pie de calle')?

Last but no least, problemas de contradicción interna y problemas, también, de completitud en la propuesta de Quintanilla. Este autor no menciona un apartado que resulta fundamental en la identificación de toda ciencia madura: hablo de los mecanismos de control de calidad de la producción científica y de los dispositivos metodológicos e institucionales de detección, prevención y corrección del fraude científico, un problema cada vez más preocupante en la industria del conocimiento. El libro Anatomía del fraude científico, de Horace Freeland Judson (Crítica-Drakontos, 2006) desarrolla este tema con gran profusión de detalles. La conclusión a la que parece llegar Judson es la de la insuficiencia de los mecanismos de control interno de la actividad científica para combatir el fraude científico. De todo modos, volveré en otro momento sobre este asunto de la tipología, la casuística y los patrones del fraude en la ciencia.

En definitiva, aportación interesante, pero discutible, la de Miguel Ángel Quintanilla. En lo que sí tiene razón este autor es en la afirmación de que la ciencia española está aún lejos de alcanzar la madurez, si definimos ésta de acuerdo con los postulados anteriores. Tal y como puede verse en el Informe COTEC 2009 (gráfico 42, página 51), casi el 60 % de la producción científica española en el período 2000-2007 se ha desarrollado en las universidades, frente a un 25 % en el sector sanitario, algo más de un 18 % en el CSIC y sólo un 3,84% en las empresas. Si uno piensa en macroproyectos científicos, en autonomía organizativa o en estabilidad presupuestaria no está pensando, precisamente, en las universidades españolas. O sea, que algo falla.

Pero de esto ya nos ocuparemos en otro momento.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La ciencia en España: sobre carretas de bueyes en la Edad del Bronce



A principios de noviembre  tuvo lugar la presentación del libro El español: lengua para la ciencia y la tecnología, publicado por el Instituto Cervantes, tal y como se recoge en esta noticia del diario 'Público'. Una reseña más amplia del contenido de este libro puede verse en este enlace. El informe analiza la situación del idioma español desde diferentes perspectivas: su extensión actual, que hace que hoy por hoy sea la segunda lengua materna más hablada del planeta, detrás del chino (y, sí, por delante del inglés), su presencia en Internet medida por el número de páginas en castellano y su importancia cultural.

El informe constata también la desproporción entre la importancia cultural de nuestra lengua y su escasa presencia como lenguaje de comunicación científica. En la actualidad, sólo el 4,4 % de las revistas científicas especializadas se editan en este nuestro quijotesco idioma. Los autores del informe formulan diversas propuestas para mejorar esta situación, haciéndose eco del predominio casi absoluto del inglés como lengua vehicular de la ciencia, así como del sesgo que existe en favor de esta lengua en las mediciones de los índices de impacto de las revistas científicas, índices que cuantifican el número de citas y referencias entre autores.

Los números de la producción científica española (excluidas las ciencias sociales y las humanidades) se recogen de forma muy gráfica en el Informe COTEC 2009: en el gráfico 39 (página 49) aparece la evolución de la producción científica española en porcentaje sobre el total mundial entre los años 2000 y 2007. Se registra un incremento muy notable, tanto en términos porcentuales (del 2,5 % al 3,2 %) como en datos absolutos (desde unas 25000 publicaciones en 2000 hasta casi las 43000 en 2007). Asímismo, en las tablas 1.7 y 1.8 (página 267) del informe figuran los datos de la inversión española en I+D, tanto en miles de millones de  dólares (España triplica el gasto entre 1995 y 2006) cuanto en porcentaje sobre el PIB (que en nuestro país pasa del 0,79 % en 1995 al 1,20 % en 2006): en ambos casos, las cifras están muy lejos de las que corresponden a los tres grandes países de la Unión Europea (Alemania, Francia y Reino Unido), aunque se encuentran mucho más cercanas a las de Italia.

Una de las propuestas de los autores del informe reseñado al principio es la de que, para potenciar la presencia del español en la producción científica mundial, se debería incentivar la publicación de revistas especializadas en nuestra lengua. Además, en la presentación del informe se sugirió también que los científicos españoles deberían citarse más entre ellos ("estimulando el compañerismo", en palabras de la coautora del libro) para incrementar la relevancia de la ciencia española en este ámbito

Sin duda, muchas de las propuestas presentadas son razonables, y en concreto es muy interesante la que sugiere "la creación de un nuevo criterio de calidad multilingüe que, amparado por un organismo público internacional, esté desligado de un país y un idioma concreto y resulte más equitativo, reflejando la representatividad real de cada idioma en la ciencia". Sin embargo, no tengo tan claro que el incremento de la importancia de la ciencia producida en nuestro país tenga que pasar por incentivar la edición de nuevas revistas en español. Podemos inundar el mercado editorial de las publicaciones especializadas con todo en material que queramos escrito en nuestro idioma, pero cantidad no es calidad, y las aportaciones de esas nuevas revistas serían, me temo, insignificantes sin una buena infraestructura y una potente praxis científica de apoyo. Lo demás será sólo colocar la carreta delante de los bueyes.

En efecto, ¿cómo convencer a un equipo de científicos españoles de que no intenten publicar sus investigaciones en revistas de gran impacto -casi todas en inglés, claro- y que, en cambio, envíen los originales a publicaciones de nuevo cuño en nuestro idioma, y presumiblemente con escasa incidencia en el coliseo-ciencia? Por supuesto, existen excelentes revistas científicas editadas en español, pero la tendencia parece ser justamente la contraria al desiderátum de los autores del informe: en el gráfico 44 del Informe COTEC 2009 (página 51) se advierte que la producción científica española en revistas nacionales ha ido disminuyendo a galope tendido entre los años 2000 (algo más de 5600 publicaciones) y 2007 (unas 2700 artículos publicados, menos de la mitad que siete años atrás). Parece claro que el patriotismo editorial de los científicos españoles deja mucho que desear.

Por todo lo dicho, tiendo a pensar que algunas de las propuestas del informe son poco más que un brindis al Sol, y que están desconectadas de la auténtica realidad de la investigación científica en España. Ya comenté en otra entrada los recortes previstos en los Presupuestos Generales del Estado para las partidas destinadas a I+D durante el próximo año 2010, lo que crea un escenario poco propicio a las cosméticas lingüísticas y más orientado a las labores de supervivencia -o incluso hibernación- en la labor científica.

Aunque tal vez la supervivencia y la hibernación no sean, a fin de cuentas, opciones que quepa despreciar en un país que, en opinión del sarcástico editorialista de la revista Nature -esta sí, de altísimo impacto- se dirige hacia su particular Edad del Bronce.

Tal vez, al fin, nuestro país ha llegado a su propio Neolítico, tal y como en otra entrada de este blog deseábamos que ocurriera. Pero, ¿no hubiese sido mejor que esta llegada fuera un avance, y no un retroceso?